El periodista larense Alfredo Alvarez, en su página web: kabezon5619.substack.com analiza aspectos fundamentales de la cultura sísmica para aprender a vivir sobre la falla de Boconó, sobre la cual está asentado el eje urbanístico Barquisimeto - Cabudare, una zona de alta sismicidad.
Advierte que los sismos no se pueden predecir, pero sus consecuencias sí se pueden mitigar. El resultado es una ciudad que “sabe” dónde está su falla, pero no termina de actuar como si se lo tomara en serio.
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| Las consecuencias de los sismos se pueden mitigar. |
Cultura sísmica, como aprender a vivir sobre la falla de Boconó.
El desastre no empieza cuando se mueve la tierra, sino cuando se decide —o se permite— construir contra la evidencia, ignorar los mapas y relegar la prevención a la retórica.
Cultura sísmica, como aprender a vivir sobre la falla
Cultura sísmica es la capacidad colectiva, sostenida y entrenada de una sociedad para asumir que vive sobre fallas activas, diseñar sus ciudades y sus rutinas con esa verdad por delante y reaccionar, casi por reflejo, de la única manera compatible con la vida. Con edificios preparados, instituciones que funcionan y ciudadanos que saben qué hacer antes, durante y después de cada sacudida. Todo lo demás, por decirlo de la mejor forma, es esperanza piadosa en un país que ya no puede darse el lujo de seguir confundiendo suerte con prevención.
La historia de Barquisimeto es también la historia de su geología. Los terremotos de 1812 y de noviembre de 1950 no son sólo fechas trágicas, fueron eventos que rediseñaron la arquitectura y el desarrollo de la ciudad. Hoy sabemos que Barquisimeto está asentada sobre un sistema de fallas complejo dominado por la Falla de Boconó; vivir aquí es vivir en zona de alta sismicidad, y eso convierte la preparación no en una opción, sino en un deber cívico permanente.
La calamitosa experiencia de La Guaira y Caracas deja a los larenses una lección incómoda pero clara, el desastre no empieza cuando se mueve la tierra, sino cuando se decide —o se permite— construir contra la evidencia, ignorar los mapas y relegar la prevención a la retórica. La experiencia guaireña muestra el laberinto de “reconstruir sobre el mismo error”, proyectos habitacionales que vuelven a caer en suelos inestables, drenajes que se colmatan, riesgos que se maquillan con muros y obras puntuales, que concluyen sin cambiar la lógica del asentamiento.
En Barquisimeto y su entorno, los sismos no se pueden predecir, pero sus consecuencias sí se pueden mitigar. La diferencia entre un evento natural y una catástrofe humanitaria depende, casi por completo, de tres factores: prevención, educación ciudadana y rigor constructivo. Para Lara, la prioridad no es sólo reforzar estructuras, sino reorientar el crecimiento urbano lejos de las franjas más críticas de la falla y de los suelos más vulnerables, asumiendo el costo político de decir “aquí no” aunque la demanda de vivienda y negocio presione en sentido contrario.
Tres capas de una cultura sísmica
Pensada con rigor, la cultura sísmica se parece menos a un eslogan y más a la superposición de tres capas.
· Una capa de memoria: Conocimiento compartido de que el territorio es sísmico, de su historia de terremotos, de las fallas que lo atraviesan (Boconó, San Sebastián, El Pilar) y de los patrones de daño que se repiten en ciertas zonas y tipos de construcciones.
· Una capa de instituciones y ciudad: Normas urbanas y de construcción que tratan al sismo como variable estructural, no como nota al pie, y que se hacen cumplir en escuelas, hospitales, vivienda y servicios críticos.
· Una capa de comportamientos: Patrones de conducta aprendidos (dónde refugiarse, cómo evacuar, cómo organizarse en comunidad) que se activan casi automáticamente porque se han entrenado antes. [
Sin esas tres capas solapadas, lo que hay no es cultura sísmica, sino superstición con simulacro ocasional. Se pasa de la resignación (“Dios nos agarre confesados”) a la disciplina (“sabemos qué hacer antes, durante y después porque lo hemos practicado”).
La ciudad que sabe… pero no actúa
La Falla de Boconó no es un dato de atlas para Lara. Es la línea sobre la cual se ha construido buena parte del eje Barquisimeto–Cabudare. Bien leída, debería ordenar qué se puede hacer, dónde y con qué restricciones. Lara es uno de los pocos estados con microzonificación sísmica formal: Barquisimeto/Iribarren y Cabudare/Palavecino cuentan con ordenanzas que dividen el territorio en microzonas según el tipo de suelo, la proximidad a la falla y la respuesta esperada ante un sismo.
A partir de la traza conocida de la falla, los estudios señalan áreas donde no se debe construir y otras donde sólo se permiten edificaciones bajo condiciones estructurales especiales, justamente para evitar que el crecimiento urbano se asiente sobre los segmentos más inestables. Sin embargo, el impacto de esa información en la práctica ha sido parcial: las ordenanzas existen, pero la presión inmobiliaria, la informalidad y la debilidad de los entes locales han permitido construcciones en zonas que los mapas pintan como críticas. El resultado es una ciudad que “sabe” dónde está su falla, pero no termina de actuar como si se lo tomara en serio.
La planificación urbana y el control urbano son responsabilidades indelegables del gobierno local. Exigir normas sismorresistentes, hacer cumplir ordenanzas de construcción y uso de suelo, auditar infraestructura crítica y difundir de forma masiva las reglas del juego son decisiones técnicas, pero tienen un contenido ético claro: se trata de proteger vidas antes de contar víctimas.
Lo que enseña Japón… y otros lugares
Japón es una demostración brutal de que alta sismicidad y baja letalidad relativa no son un milagro, sino el resultado de décadas de política pública coherente y cultura ciudadana persistente. En lo físico, Japón ha ido elevando sus estándares sismorresistentes al punto de que cerca del 87% de las nuevas edificaciones están diseñadas para soportar sismos fuertes, con normas aún más estrictas para escuelas, hospitales y puentes. En lo social, los simulacros escolares y comunitarios son rutina: niños que desde primaria practican cómo protegerse, evacuar y reunirse en puntos seguros; familias con mochilas de emergencia; barrios con mapas de riesgo visibles y apps oficiales que dan alertas tempranas.
Chile, Ciudad de México y Perú han seguido caminos distintos hacia conclusiones similares. En Chile, cada gran terremoto se traduce en normas más estrictas y en más entrenamiento ciudadano. En Ciudad de México, la combinación de alerta temprana, protocolos de evacuación y campañas de “simulacro nacional” ha convertido la memoria traumática en hábito colectivo. En Perú, la insistencia de sus instituciones en que “no podemos controlar el sismo, pero sí el riesgo” ha ido sembrando la idea de que la prevención empieza en la estructura donde se vive y en el plan familiar que se ensaya, no en la rueda de prensa posterior.
La lección no es “ser Japón” ni “copiar Chile”, sino entender que la cultura sísmica se construye con una mezcla de ladrillo, currículo y repetición. Es urbanismo, educación cívica y comunicación pública, trabajando juntos sobre el mismo mapa de riesgos.
De la reacción a la prevención activa
En Barquisimeto, la seguridad no empieza en el Decreto ni termina en el boletín oficial: comienza en cada hogar, escuela, comercio y lugar de trabajo. Abandonar la cultura de la reacción y adoptar una cultura de prevención activa significa, en lo cotidiano, tres cosas muy concretas:
· Preparación familiar: cada familia debería diseñar su plan de emergencia sísmica, identificar zonas seguras dentro de la vivienda, definir puntos de encuentro exteriores y mantener una mochila de emergencia.
· Educación en comunidades y escuelas: condominios, consejos comunales e instituciones educativas necesitan simulacros periódicos de evacuación; saber cómo actuar durante los primeros 60 segundos de un sismo salva vidas.
· Inspección no estructural: asegurar objetos pesados, repisas, calentadores y bibliotecas que puedan volcarse, obstruir vías de escape o causar lesiones directas.
Lo que se repite en tiempos de calma se ejecuta mejor en tiempos de crisis. No se trata sólo de saber “qué hacer durante el sacudón”, sino de reducir al mínimo la cantidad de gente viviendo, trabajando o estudiando en lugares que, con el siguiente sismo fuerte, se van a venir abajo.
Paquete mínimo para una ciudad que se respeta
Visto desde Lara, la respuesta pasa por un paquete mínimo de decisiones:
· Ciudad y norma: actualizar y hacer cumplir las normas sismorresistentes; microzonificar las urbes; identificar suelos hostiles y restringir allí ciertos tipos de edificaciones; prohibir de verdad, y no sólo en papel, la construcción en taludes y rellenos de alto riesgo.
· Escuela y trabajo: incorporar módulos obligatorios de riesgo sísmico en el sistema educativo y en la formación docente; exigir planes y simulacros periódicos en escuelas, centros de salud, centros comerciales e industrias.
· Hogar y comunidad: desplegar campañas sostenidas para que cada familia identifique zonas seguras, acuerde puntos de encuentro, prepare un kit básico y sepa cortar gas, agua y electricidad; fortalecer brigadas comunitarias en primeros auxilios, evacuación y evaluación rápida de daños. [
· Instituciones y control urbano: convertir la amenaza sísmica en variable central de la planificación; auditar la vulnerabilidad de hospitales, escuelas, puentes y servicios esenciales; difundir de forma amplia las ordenanzas de riesgo y uso del suelo.
Detrás de cada una de estas líneas hay una pregunta de fondo: ¿queremos una ciudad que le obedezca a su geología antes del próximo sismo o una ciudad que vuelva a llorar después? No se puede negociar con la Falla de Boconó; sólo se puede decidir si se la toma en serio a tiempo. Las tragedias naturales seguirán ocurriendo: la tierra no lee gacetas municipales. Pero la magnitud del desastre sí depende de lo que se haga —o se deje de hacer— cuando todo está en calma. Una ciudad segura no es la que nunca tiembla, sino la que está mejor preparada para cuando ocurra.
Fundar una cultura sísmica en Lara no es un gesto de moda ni una consigna para la semana posterior al sismo: Es una política de Estado y una disciplina ciudadana. Implica asumir que la memoria, las normas y los comportamientos deben alinearse con el mapa de riesgos, y que la prevención requiere tanta seriedad como cualquier otra política económica o social.
El resto es seguir apostando a la suerte en un territorio que ya ha demostrado, más de una vez, que confundir azar con prevención es la forma más cara —y más cruel— de aprender.
Alfredo Alvarez/
CNP 5289
Jul 19, 2026

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